viernes, 25 de marzo de 2016

TERRITORIO ALIEN

Colección ALIEN SPACE.


Ebook  (95 páginas).
A la venta en 
Amazon por 0,99 euros.
(Una novela incluida en la colección: Alien Space)



FANTASÍA / CIENCIA FICCIÓN.

SINOPSIS:
Novela corta de ciencia ficción, space opera ambientada en un futuro cercano que nos invita a entrar en un mundo ficticio, donde la realidad y la fantasía se alternan para describirnos posibles escenarios futuros.

Aventuras en los mundos olvidados, las colonias que orbitan alrededor de las lunas de Saturno.

COMIENZA A LEER LOS PRIMEROS CAPÍTULOS:





TERRITORIO ALIEN:
Los mundos olvidados

CAPÍTULO 1: EL PROFESOR TANAK


 El profesor Tanak caminaba con paso firme sobre la helada superficie del planetoide.

A cada pisada los clavos hidráulicos de sus botas se hundían en el hielo facilitando el apoyo necesario para caminar. La baja gravedad del satélite, casi cincuenta veces inferior a la marciana, hacía indispensable su uso.

La pendiente del terreno se acentuaba lentamente. Se estaba acercando a la cresta del cráter.

Antes de comenzar la corta escalada, se detuvo un instante para contemplar el panorama que ofrecía el cielo de Encelado en aquellos momentos. Cuatro lunas colgaban a poca altura sobre el horizonte. La más cercana mostraba con descaro los más pequeños detalles de su orografía, mientras que Titán, la más lejana, ocultaba sus secretos bajo una encarnada capa de nubes. A su espalda, el firmamento estaba cubierto por la inmensa mole de Saturno, omnipresente, indescriptible, envuelto por su magnífico anillo.

No era extraño sentirse observado ante aquel despliegue de elementos.

Intentó olvidar su inquietud y alzó un poco más la vista para observar, a través de la visera, el débil Sol que tímidamente iluminaba la escena.

La estrella sería pronto eclipsada por el enorme cuerpo del planeta y sólo contaría con la débil luz de las lunas, así que emprendió de nuevo la escalada.

A pesar de la pronunciada pendiente no suponía un gran esfuerzo subir. No era comparable a las agotadoras excursiones marcianas.

Cuantas veces había recorrido kilómetros de áridos lechos fluviales en Kasei Vallis, buscando pequeños indicios de fósiles marcianos; escudriñando cada palmo del terreno para no pasar por alto ninguna piedra, ningún guijarro que aún guardase en su interior los secretos de la extinguida vida marciana.

Desde la cresta contempló la cuenca del cráter, donde se escondía su misterioso objetivo. En el centro estaba montada la gran torre de excavación.

Después de largos días de perforación había llegado por fin al enigmático objeto que semanas antes había detectado enterrado a más de siete mil metros de profundidad.

Un escalofrío recorrió su cuerpo, a pesar del grueso traje aislante que le protegía del gélido exterior. De nuevo, le embargó la extraña sensación de sentirse vigilado. Detrás sólo estaba la desolada llanura y la colosal esfera planetaria.

-Estoy solo -se dijo a sí mismo.

-Estoy en un mundo perdido y deshabitado, lejos de la civilización. En la frontera de los planetas. Donde nadie se interesa por lo que pueda hacer un viejo loco -. Y con este pensamiento se dispuso a bajar hasta la torre.

El profesor Tanak era uno de los más renombrados exopaleontólogos del siglo XXIII. Había comenzado su carrera como buscador de microfósiles, para el Museo Planetario de Marte, cuando todavía era un joven estudiante. Durante aquellos primeros años reunió la más completa colección de estromatolitos que el museo exhibía; él solo, había reunido más de la mitad de todas las muestras fósiles halladas en Marte.

Se decía que tenía una intuición especial para encontrar, entre los millones de piedras que inundaban las vastas llanuras, justamente aquella donde la vida marciana había dejado su leve marca tres mil millones de años atrás.

En el año 2215 fue nombrado director del Museo. El cargo le apartó de las salidas al exterior y le obligó a dedicarse por entero a tareas administrativas. Estar encerrado en una oficina y asistir a protocola­rias reuniones sociales, consumía su paciencia y su ánimo. Si aguantó tres años en el cargo, antes de dimitir y volver a sus trabajos de campo, fue para conseguir la aprobación de la expedición "Ulises". Su gran sueño.

Desde entonces llevaba cuatro años recorriendo el sistema solar, buscando indicios de vida pasada en todos los planetas, satélites y asteroides que su intuición le aconsejaba.

Pero fue en los anillos de Saturno donde halló su mayor descubrimien­to. Entre la escoria que orbitaba el planeta había encontrado unas huellas impresionantes, con tan sólo algunos cientos de millones de años de antigüedad. Este hallazgo le había sugerido una teoría sorprendente. Tan insólita, que no se atrevería a darla a conocer hasta no tener más pruebas de su certeza. Y en Encelado podía estar la prueba definitiva. Si aquel objeto era lo que él suponía, entonces sería más que suficiente para demostrar su teoría.

Al fin llegó hasta el pie de la torre. Un abismal agujero de cuarenta metros de diámetro, y siete kilómetros de profundidad, se abría ante él.

Excavar el pozo había sido lento, pero no demasiado complicado gracias a la ayuda de la excavadora. Ahora se arrepentía de haber despedido a los mineros que habían instalado la torre de excavación adquirida en Titán, pues bajar hasta el cuerpo enterrado y colocar los ganchos de sujeción era un trabajo duro. Sin embargo, cuando hace unos días descendió a Titanópolis, la principal colonia de Titán, sólo encontró bandidos, estafadores y otros indeseables. La colonia había degenerado en una especie de ciudad sin ley, debido a la enorme distancia que separaba Titán del centro de la civilización humana, localizado en los planetas interiores. De forma que decidió no confiar en nadie para cumplir su importante misión, y en cuanto estuvo instalada la torre, despidió a los operarios enviándolos de vuelta a Titán.

Titanópolis era una ciudad descomunal, en realidad, era la única gran ciudad del Sistema Saturniano. A pesar de estar catalogada como una ciudad Confederal, donde regía el derecho de la Confederación, el profesor encontró una ciudad caótica, llena de corrupción y vanda­lismo, desorden y suciedad. No podía imaginarse de otro modo a los rebeldes asentamientos mineros que albergaban algunas lunas menores. Le habían prevenido del peligro que suponía acercarse a estos enclavamientos, allí ladrones y piratas gozaban de plena libertad.

Por lo tanto, decidió establecer el menor contacto posible con los habitantes de Saturno.

Conectó los tres motores de la torre. Tres gigantescos rodillos comenzaron a volcar los cables de acero en el agujero. Al cabo de diez minutos ya se habían desenrollado siete kilómetros de cables. Se acercó a la plataforma que colgaba de un cuarto cable, y se acomodó en ella abrochándose el cinturón de seguridad. Tras echar un último vistazo a las lunas del exterior, comenzó el descenso.

Pronto la oscuridad fue absoluta, con la linterna enfocó las paredes de la galería para ver como las rocas desfilaban ante él a gran velocidad.

Esta vez los diez minutos se hicieron más largos. Recordó aquella vez que Pillie y él habían bajado por una de las chimeneas del Monte Olympus. Recordaba su cara radiante de felicidad mientras observaba las formaciones volcánicas a través de la envidriada cabina.

¡Qué lejanos parecían ahora aquellos tiempos felices! Cuando todo era fácil y hermoso. Pero su matrimonio duró poco, un año escaso. El virus de la H.I.D., que ataca al cerebro humano, a veces mata lentamente a sus víctimas, haciéndoles sufrir una larga agonía. Pero Pillie sólo estuvo enferma una semana, a los pocos días el virus se llevó su vida, y con su muerte el profesor perdió también su único vínculo con la sociedad humana.

Desde entonces se refugió siempre en lugares desolados; en sus amadas llanuras marcianas, durante su juventud y en lejanos planetas, ahora. Siempre distanciado del resto de la gente y sus problemas, que cada vez le importaban menos. Sólo le interesaban los fósiles y las rocas, y quizás los recuerdos.


2

La plataforma disminuyó de velocidad, el descenso estaba acabando.

Sobre su cabeza podía distinguir un pequeño círculo luminoso, una solitaria estrella en un tenebroso firmamento. Dirigió la linterna hacia la oscuridad que se cernía a sus pies. A pocos metros apareció una brillante punta de iceberg.

El objeto tenía forma de vaina, sólo uno de los extremos emergía de las rocas circundantes. Manipuló el control de la plataforma para acercarse hasta él. Desde allí se veía enorme, y aún estaba enterrada la mayor parte; en total debía medir unos cien metros de longitud.

Fijó la linterna para iluminar la zona de trabajo y conectó la taladradora, después apoyó la herramienta sobre la superficie lisa y dura del objeto, y accionó el mando descargando toda la potencia de la máquina contra la cara exterior de este.

Al cabo de un minuto separó el taladro para comprobar el resultado; apenas unas leves marcas. El trabajo iba a ser más duro de lo que suponía.

Trabajando con la máquina a máxima potencia consiguió finalmente horadar unos centímetros la blanquecina envoltura del objeto. Esto sería suficiente para que la argolla hidráulica se fijase sólidamente.

Movió la plataforma hacia la izquierda, alrededor del singular pináculo, para fijarla a unos cuarenta metros del primer orificio.

Apoyó de nuevo el taladro sobre aquella pulida superficie, pero antes de accionarlo fue cuando se produjo el temblor. Comenzó como una vibración imperceptible en el punto donde iba a perforar, de pronto la vibración se convirtió en una oscilación enérgica que se trasmitió a la plataforma.

El profesor Tanak salió lanzado fuera de esta. Quedó colgado del cinturón, incapaz de hacer nada, mientras aquel enorme cuerpo se agitaba.

Sintió golpecitos en su casco, eran piedrecitas que caían. El tintineo aumentó hasta convertirse en un retumbar ensordecedor. Rezó porque ninguna piedra demasiado grande dañara el casco que le separaba del vacío. Permaneció varios interminables segundos allí colgado, impotente, esperando que sucediera lo irremediable.

Pero, tan súbitamente como había empezado, el temblor cesó. El ruido todavía resonaba en su cabeza mientras se balanceaba en la oscuridad. Su corazón palpitaba enloquecido. ¿Qué había ocurrido? ¿Un terremoto? ¿Un derrumbamiento producido por la excavación? Mil preguntas asalta­ron su mente mientras intentaba trepar a la plataforma. En Encelado eran frecuentes las erupciones de agua líquida; enormes géiseres se pueden observar en su superficie incluso desde una órbita lejana. Sin embargo, cualquier explicación que buscase quedaba oculta tras la certeza que se fraguaba en su cerebro: había sido aquella cosa.

La gran vaina pálida se había sacudido, intentando defenderse de la usurpación que él le estaba infligiendo. Fuera lo que fuese, lo que se ocultaba en su interior, se había despertado.

Cuando finalmente logró instalarse en la plataforma y recuperó la linterna, enfocó de nuevo el objeto. 

Examinó toda la superficie que su posición le permitía observar. No encontró ninguna anomalía. ¿Podía haberse avivado aquella cosa después de tantos años de aparente inactividad?

Hacía días que en lo más profundo de su ser albergaba esa esperanza, desde que comprobó la antigüedad del cráter. ¿Todavía albergaba vida su fantástico hallazgo? El objeto había caído sobre aquella luna hacía menos de cien millones de años. Era un período de tiempo demasiado largo para un ser vivo. ¿O no?

Una eufórica ansiedad se apoderó de él. Deseaba poder examinar aquel extraordinario ente cuanto antes, de forma que tras una corta vacila­ción optó por continuar perforando.


3

Arriba ya había anochecido, el sol se ocultaba detrás de Saturno, cuya cara nocturna fulguraba con luz propia, producida por increíbles tormentas eléctricas. Ahora sólo dos lunas iluminaban la torre de excavación, que se erguía siniestra sobre el gigantesco pozo.

Una vez en el exterior, el profesor comprobó todos los enclavamientos de la torre, por si el temblor había causado algún daño. Todo se hallaba en perfecto estado, así que se instaló en la cabina de mando y arrancó los potentes motores que tensaban los cables.

Mientras lo izaba, pudo medir con exactitud la masa del objeto. Teniendo en cuenta que se ejercía una fuerza de doce mil kilos para elevarlo, su masa debía ser de ¡mil quinientas toneladas!

Al cabo de media hora asomó la impresionante punta por la boca oscura del agujero, y cuando tuvo medio cuerpo fuera se pararon los motores quedando suspendido en el vacío. Al contemplar así su ejemplar, el profesor quedó maravillado por el descomunal tamaño de este. Un escalofrío recorrió de nuevo su cuerpo. Con sólo pensar en las consecuencias que se derivarían de su teoría se le helaba la sangre.

Casi le temblaban las manos cuando efectuó la maniobra de ensamblaje del equipo propulsor. Cuatro motores criogénicos y un sencillo sistema automático se encargarían de elevar el objeto hasta una órbita baja, donde sería fácil recogerlo con su crucero. Colgado de la torre y con el grupo propulsor cerca de su base, parecía un antiguo cohete de figura fusiforme. Ahora podía ver el otro extremo de la gran vaina; tal como imaginaba estaba deformado por el colosal impacto que lo hundió a siete mil metros de profundidad. La superficie de aquella parte no era lisa como la que trabajara unas horas antes, sino rugosa y estriada, como si estuviese diseñada, o adaptada, para penetrar y perforar la helada corteza de Encelado.

Este pensamiento aceleró de nuevo los latidos de su corazón. Aquel era, sin duda, el mayor descubrimiento de su vida. El mayor logro de la Exobiología hasta la fecha, sobre todo si aún se conservaba vida latente en su interior.

Los motores de propulsión comenzaron a expeler un fuego azulado, y el objeto se elevó con suavidad. Las argollas hidráulicas se despren­dieron, lentamente llegó a la altura suficiente para entrar en una corta órbita elíptica. Un último impulso de los motores y su luz se apagó; si más tarde fuera necesario, el pequeño ordenador los activaría para conservar la órbita predefinida de forma precisa y exacta.

El profesor Tanak observó la enorme vaina que ahora flotaba en el espacio. El trabajo estaba hecho. Intentó localizar su crucero, el “Ulises I”, que orbitaba a gran distancia, pero no pudo distinguir su brillo del resto de estrellas. Por un momento experimentó de nuevo aquella inquietud que durante todo el día le había acompañado. Todo había salido bien y no había nada que temer. El éxito de su misión estaba asegurado.

Ya tan sólo restaba dirigirse al transbordador que había sido su base los últimos días y regresar al crucero, para después capturar de la órbita el espécimen. Un aviso a la compañía minera bastaría para que retirasen la torre de excavación.

Sin comprender su aprensión, se encaminó a la cresta del cráter. En la cima echó una última mirada atrás, antes de descender a la planicie donde esperaba la nave.

Esta vez sí oyó rugir los motores, y sintió su empuje al elevarse del pequeño planeta. En pocos minutos este no fue más que una gran bola plateada suspendida en el vacío. Tenía ganas de llegar al crucero y poder disfrutar de mayor espacio libre, poder flotar en la cúpula de proa sin tener que vestir el incómodo traje espacial, o caminar por los largos pasillos con el suave calzado electromagnético sin tener que arrastrar las enormes botas de clavos.

Durante los últimos años el crucero había sido su hogar, y la soledad su única compañía. Nunca había echado a faltar nada, se había construido su propio mundo en el interior de la enorme nave.

El brillante punto al que se dirigía tomó forma, definiéndose el contorno de la voluminosa zona de carga que había incorporado al crucero; la caja de cien metros de longitud donde custodiaría el hallazgo.

Al aproximarse dejó que Héctor se encargara de la maniobra de atraque automático. El contacto fue suave. Silbó el aire al nivelarse las presiones y se encendió la luz verde que permitía el transbordo a la nave.

Saltó al pequeño puerto de atraque y en cuanto tocó suelo el calzado electromagnético le proporcionó el familiar apoyo del crucero. Caminó hacia el puente de mando.

¡Hola, Héctor! - Héctor no era una unidad último modelo, pero él se había acostumbrado a sus frases cortas y concisas, casi siempre predecibles, y en cierto modo le tenía cariño.

-Bienvenido, profesor Tanak.

Hacía varias semanas que no oía la impasible voz de Héctor, pero le pareció que su respuesta había tardado algunas décimas más de lo normal.

-¿Sucede algo, amigo? -Esta vez las décimas se hicieron segundos.

-No hay novedades importantes, profesor.

El profesor se detuvo en seco. Su rostro adquirió un tono sombrío.

No le preocupó tanto la demora de la respuesta como el mensaje de esta: Héctor había repasado los sucesos acontecidos durante su ausencia y había decido que ninguno era importante para él. Sin embargo, Héctor no estaba diseñado para este tipo de razonamiento. La respuesta esperada habría sido una extensa relación de pequeños incidentes, que él, sí habría podido clasificar como importantes o no. Con paso acelerado entró en la sala de control, donde tres grandes pantallas visualizaban diferentes vistas del exterior.

Tecleó en la consola las órdenes para comprobar el estado del sistema. Instantáneamente obtuvo la respuesta: "Sistema desactivado".

Una garra metálica le aprisionó el hombro. Sintió crujir la clavícula, y al tiempo que un agudo dolor le nublaba el conocimiento se giró para ver por un instante el rostro semi metálico de su atacante antes de desmayarse.


CAPÍTULO 2: PIRATAS



4

La esbelta figura del capitán pirata, mitad humana y mitad cibernética, recorrió el largo pasillo de acceso a la zona de carga. Al cruzarse con unos hombres que arrastraban parte del botín notó como en el silencio crecía la tensión ante su presencia.

Si los hubiese mirado ellos habrían bajado la vista. Aquel terror que emanaba de su ser era lo que le daba el poder.

En la enorme caja de carga del “Ulises I” los piratas habían introducido su nave de guerra el "Estrella del Norte". Esta  casi rozaba el techo, pero no ocupaba, ni mucho menos, toda la longitud de la caja; unos cien metros. ¿Para qué necesitaba aquel loco profesor marciano tanto espacio? Desde que abordó la solitaria nave en la órbita de Encelado esta pregunta le había obsesionado. Ahora tendría la respuesta.

Fue muy fácil vencer la débil resistencia de Héctor, el anticuado autómata que gobernaba aquel crucero. Pero la maniobra de esconder al "Estrella del Norte" en el interior del carguero resultó mucho más delicada.

No quería despertar la menor sospecha antes de conocer el propósito de su víctima. Todavía quedaban muchas preguntas, y el profesor las iba a responder.

En la pequeña habitación-celda de la enfermería el profesor Tanak descansaba envuelto entre sábanas acolchadas. El pirata con rostro de azófar se acercó a su lecho.

-Buenos días, profesor. ¿Ha dormido bien? -La voz surgió gutural, cavernosa.

-¿Quién es usted?, ¿Qué pretende?, si quiere… -Su interlocutor le interrumpió mostrando de nuevo aquella sonrisa plateada.

-Tranquilícese, no se ponga nervioso. Nada malo le va a suceder. Lamento haberle causado daño en mi, "efusivo", abrazo de bienvenida. En realidad a veces no puedo controlar bien la presión de mis miembros.

El pirata acercó sus brazos con garras a la cara del profesor, con un movimiento mecánico.

-Supongo que comprenderá las limitaciones de un pobre inválido como yo. Verá profesor, la cuestión es que usted ha entrado en nuestro territorio impunemente, sin presentarse ni pedir permiso. Así, que hemos tenido que confiscar su crucero de momento, mientras ponemos en regla su situación aquí -el sarcasmo del pirata desconcertó al profesor.

-No tenía noticias de que aquí hubiese un estado independiente. De hecho no tengo noticias de la existencia de ningún estado por esta zona. Aparte de ocasionales expediciones mineras, el territorio interior a la luna Dione se supone deshabitado hasta la gran Central Energética en la Atmósfera de Saturno.

-Pues supone usted mal, profesor. Todo este territorio me pertenece. Al igual que cualquier otro donde mi fuerza sea la fuerza dominante.

A la mente del profesor acudieron entonces las palabras del Prefecto en Titán:
“... Cuídese usted de los piratas que infectan los anillos de Saturno, son bandidos sanguinarios que atacan a traición a sus víctimas, saqueando las naves y torturando a los desgraciados viajeros. De entre todos el más temible es Markab Mirifici, un ser mitad hombre y mitad máquina, despiadado y cruel. Sus mismos hombres le temen pues se dice que no tiene corazón, ni alma."

-¿Y si supongo que usted es el famoso capitán Mirifici, también me equivoco?

-Muy sagaz, profesor. Suele ocurrir que mi fisonomía es a menudo reconocida. ¿A qué cree que es debido? -El pirata dejó pasar un silencio sepulcral que el profesor no se atrevió a interrumpir.

-Pero, hablando de usted, profesor, me permite que le felicite por su hallazgo. ¿De qué se trata?, ¿Qué valor tiene su piedra?

El profesor sintió una punzada en el pecho.

-No tiene ningún valor para usted. Sólo tiene valor científico, "eso" puede explicar ciertas teorías exobiológicas importantes para mí, pero nada más, no es más que una piedra -el capitán pirata notó la agitación del profesor.

-Si es tan importante para usted, también lo será para el Museo Planetario, ¿cuánto cree que estará dispuesto a pagar por recuperar la "piedra"?

El pirata Markab acercó su cara a la del profesor, observándolo fijamente con sus ojos sanguinolentos.… DESCARGAR NOVELA COMPLETA EN AMAZON



1 comentario:

  1. Esta novela, junto a las otras dos de la colección ALIEN SPACE, las escribí a finales de los años ochenta (¡yo era jovencito!) y ahora las he recuperado para hacer esta colección. Por supuesto, tienen cierto aire clásico, no puede ser de otra manera, fueron escritas a mano (en la época de los primeros Commodore, ¡quién se acuerda!) por un joven lector de clásicos como Asimov y Bradbury. Yo las recuerdo con añoranza, y aquí las tenéis, con toda su simpleza, errores y encanto. Espero que os gusten.

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