jueves, 24 de marzo de 2016

EBOOK: CRÓNICAS DE GAIA 1: "YO SOY LUNA. Selene y el poder de Gaia"

Crónicas de Gaia:
"YO SOY LUNA. Selene y el poder de Gaia"
Primera novela de la Saga.


Ebook, 105 páginas.
A la venta en Amazon por 0,99 euros.



FANTASÍA / CIENCIA FICCIÓN JUVENIL.
SINOPSIS:
Selene es una chica que vive en Copernicus, la mayor ciudad de la Luna en el siglo XXII. Lleva una vida normal; va al instituto, sale con sus amigas… hasta que la llegada de dos chicos procedentes de la Tierra cambia por completo su existencia.
Descubre que una organización secreta, la Hermandad, está captando a sus amigos y acrecentando ciertas aptitudes especiales en ellos. La finalidad de esta organización es proteger al gran ecosistema de la Tierra, llamado GAIA, del que depende la supervivencia de la Humanidad.
 Un grupo disidente quiere impedir que cumplan sus objetivos; los dos bandos están inmersos en una lucha secreta y Selene se ve atrapada en ella. Su mejor amiga, Mare, le dice que ella tiene una conexión especial con GAIA, una conexión con la que puede influir en el destino final de la Humanidad.
Pero Selene no nota ninguna habilidad especial. ¿La estarán engañando? ¿Cuáles son las verdaderas intenciones de la Hermandad?

Y sobre todo; ¿Cuál es la misión secreta de Petrus, el chico terrícola que la sigue a todas partes?

COMIENZA A LEER LOS PRIMEROS CAPÍTULOS:

 YO SOY LUNA:
Selene y el poder de Gaia


DIARIO DE SELENE:
 Cap. 1:   Me reencuentro con mi amiga Mare.

Se puede decir que todo comenzó el primer día de instituto. Al fin se habían acabado las vacaciones de verano. Vacaciones que yo había pasado en la ciudad, con mi familia, pues mis padres son unos atareados científicos del Consejo Lunar y, al parecer, eso implica que no pueden tener vacaciones ni ellos ni sus hijos. Así que, básicamente, había pasado dos meses, o el equivalente a dos días lunares, haciendo de niñera de mi hermano pequeño Craig. Por suerte, el año anterior habíamos inaugurado la Gran Cúpula que hace de Copernicus Krater un pequeño mundo en miniatura. Cada día salíamos de la ciudad excavada en las terrazas del cráter, a disfrutar de un cielo tan azul como el de la Tierra, pero sin su pesada gravidez. A Craig le encantaba bañarse en el nuevo Lago Insularum que habían conformado a los pies de la cordillera central del cráter. Precisamente, nuestra nueva escuela superior Gagarin se encuentra cerca de Insularum Lake, a sólo cuatro estaciones de casa.
Aquel primer día de clase había quedado en la estación L-4 con Mare; mi amiga íntima. Vamos juntas al cole desde los seis años, ella es Selenita de primera generación, es decir, sus padres nacieron en la Tierra, y ese verano había sido el primero que habíamos pasado separadas. Ella acababa de llegar de sus vacaciones en la Tierra. Era la primera vez que salía de la Luna.
Me bajé del metro raíl y me senté en el banco junto al kiosco de la estación. A esas horas de la mañana estaba a rebosar de personas que se dirigían a sus puestos de trabajo, y de jóvenes estudiantes que corrían arriba y abajo con sus mochilas. Al poco, vi acercarse a Mare, con la cara sonriente, visiblemente nerviosa. No nos veíamos “in vivo”  desde hacía semanas.
-¡Hola, Sel! Qué guapa y alta estás.
Mar se abalanzó a mis brazos, tanto como nos lo permitían nuestros trajes gravitón, que es como llamamos a los pesados trajes gravitaciones que nos obligan llevar en la Luna. Después de darnos unos achuchones y palmearnos las manos, caminamos de nuevo hacia el metro raíl.
-Venga, Mar, ¡cuéntame, como te ha ido en la Tierra!
Mi amiga, había estado un mes enterito allá arriba. Ella es una terraformadora nata,  como sus padres, y ningún terraformador que se precie puede presumir de serlo sin antes haber visitado la Tierra.
-Pero si te lo he explicado mil veces.
-Venga, que por el inter red no es lo mismo.
A pesar de sus reproches, estaba encantada de hablar de su tema favorito; la Tierra.
-¡Ha sido fantástico! Sabes que en cuanto llegué me desmayé, creo que fue por la emoción, me puse tan nerviosa que me debió bajar la tensión, porque a los cinco minutos estaba de nuevo súper bien. Aunque ya sabes que es muy difícil adaptarse a la gravedad –Mar hablaba atropelladamente debido a la emoción del reencuentro- es increíble, no te puedes imaginar cómo maltratan el planeta esos terrícolas, y a pesar de todo, el equilibrio es perfecto, los niveles de oxigeno se mantienen súper uniformes en zonas totalmente alejadas entre sí y con climas extremos....
En ese punto la interrumpí.
–Va, háblame del chico ese tan guapo, Jon. El que iba detrás de ti como un corderito.
Mar se ruborizó.
–¿Cómo quieres que se fijara en mí? Él era el enlace en la Tierra para nuestro grupo y a todas se les caía la baba. Había unas chicas terrícolas guapísimas, de película, con unas piernas estupendas, y yo apenas me  mantenía en pie, y encima en los trayectos largos tenía que usar una silla de ruedas. Que rabia me daba, después de tanto entrenar quedé como una debilucha selenita. Pero, te juro que nada te prepara para esa gravedad. ¡Es como estar pegado al suelo!
Entramos de nuevo en el siguiente metro raíl y buscamos un par de asientos libres. A esas horas estaba abarrotado, lleno de operarios que subían a la superficie para continuar los trabajos de terraformación de nuestro nuevo hábitat. Aunque Copernicus City existe desde hace décadas como ciudad subterránea, la Gran Cúpula que cubre el exterior está operativa desde hace solo un año y los trabajos en el exterior están todavía en su primera fase.
-Esas chicas terrícolas te parecen de película porque todas las “películas” que vemos están realizadas en la Tierra, pero en el canon de belleza lunar, tú eres mil veces más guapa que ellas –le dije. Y muy convencida, pues creo que Mar es increíblemente bella, no como las “achaparradas” chicas terrícolas de las películas.
-En el canon de belleza lunar, eres tú quien se lleva la palma, Sel.
Respondió. Yo hice una mueca con la cara, pues incluso aquí en la Luna veo que la gente me mira como si fuera un bicho raro; larguirucha, cabezona y de curvas extravagantes. Mi rostro es anguloso y de rasgos marcados, demasiados grandes los labios, la nariz y los ojos. Mi aspecto dice “cuidado, chica problemática”, aunque no es cierto, en el fondo soy un trozo de pan.
-Pero, ¡qué haces! -Me gritó, al ver que me desajustaba el traje y dejaba caer su peso sobre el respaldo del asiento. No soporto esa estúpida norma de llevar sobrepesos para que nuestros cuerpos se adapten a una gravedad superior a la lunar. El mío tiene una masa de 100 kg, que es el mínimo permitido para mi peso, pero todos los pasajeros de aquel abarrotado metro llevaban otros mucho más pesados, de forma que la mayor parte de la energía gastada en el metro raíl se usaba para mover esos pesos muertos, ¡y después nos quejamos de los derroches en la Tierra!
-Ya sabes que opino de estos trajes –le respondí-. Yo no tengo ninguna intención de visitar la Tierra, ni Venus,  ni siquiera Marte. Yo soy selenita, y aquí no necesitamos para nada esa M.
-Pero te pueden ver, ¡y si te sancionan! –Dijo algo inquieta, mirando a derecha e izquierda. Pero nadie nos prestaba atención.
-Deberíamos manifestarnos en contra –de pronto recordé imágenes de manifestaciones violentas en la Tierra -¿Viste alguna manifestación?– Pregunté agitada.
-No, no vi ninguna. Y tampoco vi guerras, ni asesinatos ni nada por el estilo, así que ahórrate las preguntas. Eso sí, por todas partes había policías armados, quiero decir con armas de verdad, daba una sensación rara, como de peligro... –Entonces mi amiga me miró muy seria, bajó la voz  y me cogió la mano:
-Sel, sabes que fui a visitar a mi abuela. Tengo que contarte algo que no podía decirte por inter red, es algo extraño...
Sus palabras fueron apagadas por un murmullo general. El metro había salido a la superficie, muchos de los pasajeros hacía poco que estaban en C. City y varios de ellos se volcaron sobre las ventanas del convoy. El espectáculo asombraba a todos: un cielo azul, inmenso, rasgado de finas nubes blanquecinas se extendía hasta el horizonte en todas direcciones. La Gran Cúpula cerraba totalmente el cráter, con 90 km de diámetro y casi 5 km de altura en su cénit, era prácticamente invisible al ojo poco habituado. La llamábamos la Gran Cúpula, pero en realidad era una especie de globo, que adaptada su forma a la presión de aire interior.
Mar también se acercó a una ventana. El tejido de la Cúpula, de kilómetros de extensión, fue elaborado en órbita lunar, y dejado caer suavemente sobre Copernicus Krater hacía un par de años. Desde entonces era la estructura artificial más grande jamás construida. Y espectacular incluso para la Tierra, desde donde era visible a simple vista.
-¡Mira! –exclamó señalando un grupo de álamos que no estaban allí tres meses atrás. Los árboles se mecían levemente, algunas hojas salieron volando, dando la impresión de que un grupo de pajarillos querían esconderse entre sus ramas. Pero eso era imposible, todavía no se había llegado hasta esa fase de terraformación, de momento sólo se habían introducido especies vegetales. Nuestra cúpula era el “gran experimento” de los terraformistas; crear un ecosistema auto sostenible fuera de la Tierra. Un experimento observado bajo lupa por toda la Humanidad, pues de su éxito dependía poder exportar el sistema a otras colonias lunares y por supuesto, avanzar hacia la “Gran Terraformación” de Marte y Venus.
El metro paró en nuestra estación, cerca del gran edificio Gagarin, justo a los pies del monte Kepler, en el centro de Copernicus Krater. A nuestros pies se extendía el lago Insularum: varias hectáreas de superficie de agua extraída del subsuelo lunar. A nuestro alrededor la actividad era frenética; maquinaria trabajando por todas partes, construyendo calzadas, tratando tierras, plantaciones... En principio, en el exterior solo se iban a construir edificios públicos, como nuestro instituto, la biblioteca, el museo... por lo que la ciudad permanecería básicamente enterrada y el exterior sería una especie de parque agrícola y lúdico no residencial.
Al salir, ambas nos pusimos las mascarillas anti polvo. Una de las lacras lunares es el polvo en suspensión, al parecer, imposible de evitar por la cantidad  y magnitud de las obras que se estaban realizando.
El edificio Gagarin era una estructura funcional y moderna, típicamente selenita, pues la curvatura de sus paredes era impensable en una gravedad diferente a la nuestra. Tanto en el exterior como en el vestíbulo del “insti” se acumulaban infinidad de chicos y chicas, buscando la localización de sus respectivas clases. Nosotras fuimos deambulando por los pasillos hacia la nuestra, intentando descubrir caras conocidas entre la gente. En la Ciudad es tan elevada la tasa de inmigración, que todos los años la cantidad de alumnos recién llegados supera a los antiguos. A estos terrícolas los llamamos terranos, y sólo cuando dejan de andar despistados y se adaptan a nuestro mundo, pasan a ser selenitas. Ese año, en nuestra clase, Mar y yo éramos las únicas selenitas  de nacimiento, también irían a nuestra  clase Caty y George, que llevan aquí desde los diez años y algunos otros alumnos que conocíamos de vista, pero la mayoría serían terranos primerizos.

Cap. 2:   Conocemos a dos chicos de la Tierra.

Comenzamos a jugar a adivinar quienes eran recién llegados, la verdad es que no son difíciles  de localizar, todos ellos son gordos, achaparrados, o sea con unas piernas como toneles. Suelen llevar trajes de gravitación enormes, como si quisieran pesar lo mismo que en la Tierra, pero sobre todo se les detecta por la forma de andar; van dando saltitos como los canguros. Los selenitas andamos de una forma característica, damos pequeños pasos, para mantener el máximo contacto con el suelo, es la forma más eficaz de moverse. Cuando llevo vestidos largos, cosa que me encanta, Mar dice que parezco un fantasma que se desliza sobre el suelo sin rozarlo, esa sería la imagen de una selenita al andar. Así que nos reíamos con ganas, viendo como algunos se golpeaban contra el techo o se ayudaban agarrándose con las manos en el quicio de las puertas. Así llegamos hasta nuestra clase. Los gemelos Caty y George ya estaban allí, junto con otros jóvenes a los que no conocíamos. Les saludamos.
-¡Qué tal chicos! Como han ido las vacaciones. –La pregunta era retórica, pues ya habíamos entrado en su inter red y sabíamos lo que habían hecho. Habían estado una noche lunar, el equivalente a 15 días terrestres, en la otra punta del mundo, en la cara “oculta”, donde la Tierra no brilla nunca y donde están la mayoría de observatorios espaciales.
Caty es una chica rubia muy pecosa, tan habladora como callado es su hermano. Nos respondió:
-Estuvimos en Komarov City, nos hartamos de observar estrellas y galaxias. Pero lo que es una pasada es la pista de hielo, la más grande del universo, está en una cavidad natural a 2 km bajo tierra, y el agua lleva allí congelada unos 1.000 millones de años, así que los rusos solo han tenido que presurizar la cavidad y apenas modificar el entorno, se mantiene a 10 grados bajo cero, pero hay  una zona donde han colocado un estanque de agua caliente, es fantástico  estar dentro del agua, calentita y la cabeza....
Caty interrumpió su parloteo, incluso George dejó de manipular su móvil,  porque Mar se había quedado literalmente pálida, mirando desconcertada hacia la puerta de entrada, todos nos giramos. Allí había un grupo de chicos, terranos, hablando y bromeando entre ellos, noté algo familiar en uno de ellos. De pronto, el chico miró directamente a nuestro grupo y nos dedicó una amplia sonrisa, llena de dientes blanquísimos, en realidad miraba directamente a Mar, entonces lo reconocí:
-¡Es Jon! Tu “amiguito”. ¿Qué hace aquí? –Susurré.
-Y yo que sé –me respondió entre dientes, sin poder decir nada más pues Jon se dirigía directamente hacia nosotros.
-Hola, Mare, que sorpresa, ¿verdad? –Mi amiga se ruborizó y no supo muy bien que decir. El tipo era realmente guapo, con un pelo no muy largo que le caía de forma natural hacia un lado. No más alto que yo, pero con un cuerpo atlético y atractivo, incluso para un terrano. Pero sobre todo con unos ojos de color indefinido, extremadamente dulces, que te decían “confía en mí”.
-Pero, ¿qué haces aquí? No sabía nada –logró replicar Mar.
-No te dije nada, porque hasta última hora no nos han confirmado las plazas. Hay tanta demanda, que no es fácil conseguir una admisión. Hemos venido solos, sin nuestros padres. –Jon se refería a él mismo y a un tipo que se había acercado con él. Se hallaba a sus espaldas. Un chico alto, delgado, de semblante serio, con una mirada... inquietante, escrutadora, y que, extrañamente, parecía fijar en mí.
-Cómo todavía nos falta un año para la mayoría de edad –continuó diciendo Jon- los trámites para venir han sido un poco complicados.
Mar le respondió algo más relajada:
-Así, habéis tenido que concertar con un tutor aquí en la Luna. Pero, no entiendo, porque no me lo has dicho. Mis padres te podrían haber ayudado.
- No te preocupes, Mar, ahora ya lo tenemos todo resuelto –la entrada del profesor  interrumpió la conversación, pero Jon aún continuó antes de buscar dos asientos en la parte de atrás–. Me alegro mucho de verte y espero que aquí seas tú quien me haga de guía.
La clase comenzó. Nos ordenaron apagar los móviles y nos dieron una retahíla de normas a seguir, horarios, etc. Pero durante toda la mañana, no dejé de sentir fija en mi cogote la mirada penetrante del extraño amigo de Jon.
Al mediodía acabaron las clases teóricas, y teníamos un rato para comer algo en la cafetería antes de dirigirnos a nuestras zonas de prácticas. Cada alumno debe elegir unas prácticas, ayudando en alguno de los sectores de la ciudad. Nosotras ya habíamos elegido nuestras actividades hacía meses, pero muchos de los terranos nuevos estaban enfrascados con sus móviles acabando de decidir entre decenas de actividades, con cara de no entender la mitad de ellas. Mar y yo reíamos entre dientes, pues muchos de ellos acabarían, sin saber cómo, limpiado el polvo colgados a 100m de altura, al elegir la opción “Estructuras y mantenimiento” sin leer bien la letra pequeña.
Jon y su amigo, al que había presentado como Pet (no de Peter, sino de Petrus) y cuyas únicas palabras hasta entonces habían sido “Hola”, vinieron con sus bandejas a sentarse en nuestra mesa.
-Hola Chicas, ¿Cómo va? –Saludó Jon.
-Bien, ¿ya habéis elegido práctica? –preguntó Mar.
-Yo me he apuntado con el profesor Miakoda, como tú, supongo que ya te lo imaginabas –Respondió Jon mirando de reojo a mi amiga. El profesor Miakoda es una leyenda en la Luna, todo el proyecto de terraformación es, como quien dice, obra suya. Y solo admite a un grupo selecto y reducido de estudiantes en sus prácticas.
–Pet está en aerodinámica aplicada –Acabó diciendo.
Al oírlo, dejé de prestar atención a mi bandeja y me quedé con la boca abierta. Aerodinámica era mi optativa, y era una práctica poco solicitada, ¿a quién le interesa la aerodinámica en un planeta sin aire? Yo me apunté, entre otras cosas, para no estar bajo de supervisión de mis padres o mi abuela.
-Vaya, que casualidad, ¿No? –Dije con toda la intención que pude.
Pet me miró con una media sonrisa.
–Ya he visto que tú también estas apuntada, si te molesta puedo cambiar de opción.
-¡Vaya! Pero si también hablas. No me molesta. Puedes apuntarte donde quieras –respondí, y él continuó mirándome con esa sonrisa indescifrable. Yo no sabía que más decir.
Jon vino a rescatarme:
-Sabéis que Miakoda es nuestro mentor y tutor aquí en la Luna. Nos quedaremos en unas habitaciones que tiene cerca del Laboratorio de Interpretación. Creo que allí también hay algunos otros discípulos. Pero, ahora que os hemos encontrado, espero que tengáis la amabilidad de enseñarnos la ciudad y todo esto.
-Sabes que puedes contar con nosotras -replicó Mar sonriente–. ¿Verdad?, Sel.
-Por supuesto –respondí levantando una ceja.
Pet parecía distraído mirando por la ventana de la cafetería, desde allí había una vista preciosa del monte Kepler.
-Es chulo, verdad –le dije.
-Perdona, ¿El qué? –dijo despistado. Otra vez me hizo sentir como una idiota.
-La montaña –gruñí.
-Ah, bueno, en realidad intentaba ver la cúpula, no consigo distinguir nada. ¿No tenéis miedo de que se rompa, o caiga un meteorito y la desinfle como un globo?
-Uh... –dijo Mar atragantándose con un trozo de cup cake.
–Sel te puede explicar todo lo que quieras sobre la cúpula. El proyecto cúpula está dirigido por sus padres.
Me molesta que Mar presuma de mis padres o de mi abuela, no quiero ser valorada por lo que ellos son, sino por lo que yo misma soy. Así que, aunque me llevo muy bien con ellos, intento no mencionarlos nunca.
-La cúpula es muy segura –comencé a explicar con desgana–, está construida con un material transparente y  flexible pero muy resistente, además tiene una doble cámara, como un neumático.
-Pues eso, si pinchas un neumático se queda sin aire –insistió Pet.
-Bueno, a ver, en realidad está compuesta por una retícula de infinidad de células, cada célula es semi-independiente de las otras. Imagínate una especie de plástico de burbujas, de esos de embalar, sólo que cada burbuja tiene un diámetro aproximado de 60 cm. Y el fluido que hay presurizado en su interior es especial, es un gas técnico de última generación. Los impactos de micro meteoritos de pocos milímetros, son absorbidos por la capa exterior sin problemas, si el meteorito tiene un centímetro, o así, puede romper la capa, en ese caso el gas técnico se escapa al exterior y tiene la propiedad de polimerizar rápidamente, sellando el orificio. Además de frenar y quemar el meteorito –viendo que captaba la atención de ambos chicos, seguí mi rollo algo más animada–. Imaginaos una herida en nuestro cuerpo, al principio sangra, pero las plaquetas se solidifican y taponan la herida, formando una costra. Pues la cúpula funciona de forma parecida. Solo hay peligro si se trata de  un meteorito realmente grande, de decenas de centímetros; en ese caso la cúpula también se acabaría auto reparando, no perderíamos aire, pero el meteorito llegaría a impactar contra el suelo, y estallaría como una bomba.
-Vaya, ¡pues tampoco nos tranquilizas! –Espetó Jon.
-Las probabilidades de impactos de meteoritos de ese tamaño son muy bajas, menores que en la Tierra –continué– además, no querréis vivir para siempre.
  Creo que me ruboricé un poco, porque esa frase la había oído en una película hacía poco, pero saliendo de mi boca no me pareció tan graciosa.
-El fluido del que habla Sel –intervino Mar– es un diseño de su padre, tiene muchas otras propiedades, es súper aislante, impide el paso de los rayos ultravioleta y tiene propiedades magnéticas de forma que nos protege también del viento solar y los rayos cósmicos. Además, se puede controlar mediante la red eléctrica de la retícula para crear fotoluminiscencia, así, que por la noche se puede iluminar, o ensombrecer durante el día.
-Así, ¿no tendremos una noche de quince días? -Interrumpió Pet sin borrar su media sonrisa- ¡Qué lástima! Jon estaba entusiasmado con dormir medio mes seguido.
La broma provocó un puñetazo de Jon sobre el hombro de Pet, y este se quejó mucho, aunque estaba claro que no le había hecho ningún daño.
-En realidad tiene razón, me encanta dormir –Se rió Jon– no creo que pueda aguantar despierto los quince días de luz.
-No te preocupes, la Cúpula se volverá rojiza hacia las ocho de la tarde, seguimos el horario terrícola de 24 horas, pero no se oscurecerá del todo, solo lo necesario para reflejar parte de la radiación solar y no cocernos aquí dentro –expliqué.
Cuando nos dimos cuenta, ya era casi la hora de comenzar las prácticas. Así que corrimos hacia nuestros destinos. Mar y Jon debían volver a la ciudad subterránea donde estaba el laboratorio del profesor Miakoda. Pet y yo solo teníamos que caminar un poco, el departamento de Aerodinámica y Estructuras aéreas estaba en el exterior, en un pequeño edificio anexo al Gagarin.

Cap. 3:   En clase de prácticas con Pet.

Caminamos un rato en silencio, hasta que él lo rompió.
-Oye, Sel, siento que te moleste que haya elegido las mismas prácticas que tú. Antes lo he dicho en serio, si quieres me cambio. No hay problema.
Miré su rostro, serio y sereno, sus ojos oscuros que seguían turbándome con su mirada.
–No, no. Está bien,  soy yo que...  a veces soy un poco borde –Me sonrió dando por zanjado el tema. Yo le pregunté:
-Entiendo por qué Jon ha venido a la Luna, Mar me había explicado su pasión por la terraformación, pero tú, por qué has venido, ¿qué te ha traído hasta aquí?
Otra vez nos detuvimos, y de nuevo fijó su mirada en mí. De pronto, por un instante, sentí que su respuesta iba a ser: “Estoy aquí por ti. Tú eres el motivo por el que he venido a la Luna”, incluso sufrí un pequeño mareo. Pero si el notó algo extraño en mí, lo disimuló, y dijo:
-En realidad estoy aquí porque una amiga del profesor Miakoda me lo ha pedido, pero no asisto a sus prácticas, porque no soy un Traductor.... un terraformador.
No quise indagar más sobre su enigmática respuesta, así que llegamos hasta el centro aéreo sin intercambiar muchas más palabras. Allí nos recibió Frank, el joven ingeniero aeroespacial que se ocupaba de nosotros. Yo ya había trabajado con Frank este verano. Es un tipo fantástico, tiene veinticinco años y es increíblemente guapo.
-Hola, Sel. Veo que finalmente has convencido a alguien más para apuntarse a nuestro grupo –comentó risueño.
-Más bien se ha convencido sólo –murmuré.
-Hola, Pet. Bienvenido a la Luna –saludó– no sé si lo sabes, pero este verano hemos estado trabajando con Sel en un diseño de transporte aéreo ultraligero. Ahora que tenemos aire en nuestra Luna, hay que aprovecharlo. Este curso continuaremos con el trabajo, nuestro objetivo es poder presentar un prototipo al Consejo a final de trimestre.
-Pero, Sel –dijo dirigiéndose a mí- hoy es el primer día y Pet todavía debe estar habituándose, ¿Por qué no lo dedicamos a juegos aerodinámicos?
Los juegos aerodinámicos de Frank están en el patio trasero del centro, una gran explanada de suelo lunar justo al pie del monte Kepler. Aparecía, este, imponente, con sus más de mil metros de altura alzándose desafiantes frente a nosotros. En la explanada había varios “juguetes” aviones en miniatura, globos, discos voladores, boomerangs, pequeños paracaídas, juegos y dianas de dardos..... Hasta una diana lejana y un juego de flechas. La idea era experimentar cómo responden aerodinámicamente diferentes objetos en la atmósfera Lunar de la Cúpula. Teniendo en cuenta la gravedad lunar y su lenta rotación, los efectos aerodinámicos no son los mismos que en la Tierra.
-Te reto a una partida de dardos –le dije a Pet.
Jugamos un rato, hasta que Pet le cogió el tranquillo y empezó a acertar en la diana, entonces pasamos a otros juegos, lanzamos discos e hicimos un concurso de aviones de papel, que, naturalmente gané, finalmente Pet se acercó al arco y las flechas.
-Vamos a lanzar algunas flechas –me dijo– te aviso que soy un arquero experto.
Yo decidí no avisarle, de que el arco también era una de mis pasiones. Así que cogí el arco, elegí una flecha y me puse en posición a unos 30 metros de la diana, apunté, solté con suavidad la cuerda, y la flecha se clavó limpiamente en el centro.
-¡Vaya! –Exclamó él– señora amazona –dijo haciéndome una reverencia. Yo le pasé el arco con otra reverencia. Él cogió una de las flechas más largas y también se puso en posición. Tensó el arco toda la longitud de la flecha, y, desde luego,  estaba apuntando alto,  así que la flecha salió disparada a increíble velocidad, pasó dos palmos por encima de la diana y siguió su camino hasta perderse por las inmediaciones de la montaña. Me fue imposible no echarme a reír.
-¡Dios! –Gritó, cayendo de rodillas al suelo –dije que era experto, pero no que era bueno.
Oímos unas carcajadas a nuestras espaldas. Era Frank en la puerta del patio.
-Pero Pet –dijo rojo como un tomate de tanto reír–. ¿Te suena de algo un sexto de g? ¿Dónde ha ido, a dos kilómetros?
Todavía reía cuando nos despidió un rato después:
–La flecha es propiedad del centro, la quiero de vuelta mañana –se burló– pero, ¡tráela en la mano, por favor!

Cap. 4:   Mar explica una extraña historia.

Aquella tarde, después de despedirme de mi compañero. Subí al metro raíl y me conecté con Mar. Básicamente quería saber cómo le había ido. Ella ya estaba en casa. Se mostró esquiva y su cara me pareció lo suficientemente preocupada como para no protestar cuando me pidió que fuera a verla, no quería hablar por el móvil.
Los pasillos peatonales de la ciudad subterránea son anchos, por ellos pueden caminar varias personas a la vez sin problemas, pero después de pasar todo el día en el exterior, puedes comprender por qué los terranos los encuentran claustrofóbicos. El apartamento de Mar y sus padres está en un cruce de pasillos, una placita circular con un bonito quiosco informativo en el centro. Antes de llamar a la puerta Mar me abrió. Pasamos a su habitación. Sus padres aún no habían llegado.
Dejé mi gravitón en un rincón, ella también se lo había quitado. La vi algo reservada, con la mirada perdida, así que para animarla un poco comencé a charlar sobre la anécdota de la flecha. Le expliqué que finalmente había prometido a Pet ayudarle a buscar la flecha el domingo, y  que él se las había ingeniado para comprometernos a los cuatro; ella y Jon incluidos, para hacer una excursión por el monte Kepler el mismo domingo, y así poder ver una panorámica de  Copernicus Krater.
-He pensado darles una sorpresa con la que nos reiremos un montón; llevaremos nuestras mochilas especiales –acabé diciendo. Pero ya no podía disimular más con mi amiga–. Vamos, Mar qué es eso que tanto te preocupa. Soy toda oídos.
Mar se recostó sobre su cama –¿Te acuerdas que esta mañana te iba a explicar lo que pasó cuando fui a visitar a mi abuela en la Tierra?, pues creo que debería empezar por ahí.
Me senté junto a ella, expectante, dispuesta a oír todo lo que me tuviera que decir.
Y esta es la Historia que Mar me contó...DESCARGAR NOVELA COMPLETA EN AMAZON


No hay comentarios:

Publicar un comentario