sábado, 16 de septiembre de 2017

RELATO DE LA SEMANA 6

Lo confieso; soy uno de ellos, pero no estoy solo.


Soy un vampiro. Uno de verdad, auténtico. No una burda imitación ni una fantástica farsa ficticia de nuestra especie. No soy un personaje novelesco inventado por alguna mente calenturienta con afanes lucrativos, como últimamente tanto proliferan. No, yo soy un ser real, una persona de carne y hueso que por lances de la vida posee y padece esta característica especial. Hay gente que es pelirroja, otros son guapos o feos, yo simplemente soy un vampiro.
Lo primero que quiero deciros es que no os dejéis engañar por las mil historias que se han divulgado sobre nosotros. Ni somos seres tan horribles como el Drácula de Bram Stoker ni los pedantes héroes adolescentes de la Meyer. No perdáis el tiempo con preguntas estúpidas como si me reflejo en un espejo o no puedo soportar el sol. Por supuesto que si me claváis una estaca en el corazón me muero, ¡qué cojones! Todo bicho viviente la palma si le hacen eso.
No, formulad la pregunta correcta: ¿me alimento de sangre humana?
Y la respuesta es: ¡no, qué asco! ¿Beber sangre cruda? ¿A quién se le ha ocurrido algo así? ¿Qué sentido tiene digerir sangre como alimento? ¿Qué tendría eso de sobrenatural o mágico? Ni siquiera es lógico, si al menos dijeran que nos hacemos transfusiones… pero, ¡chupar sangre!
Claro, el equívoco viene de lejos. Tantos años repitiendo metáforas al final se confunden con la realidad. Porque solo son eso; alusiones metafóricas, cosas que se dicen en sentido figurado. En realidad, los vampiros absorbemos la energía vital de las personas. Algunos nos denominan vampiros energéticos o psíquicos, pero dado que no existe otra clase de vampiros, no es necesario adjetivar el sustantivo.
Esa es la esencia de nuestra cualidad vampírica.
Quizás deba puntualizar que todos los seres vivos poseen una energía vital, un aura que los envuelve. Es una energía psíquica creada, lógicamente, a partir de la transformación de los nutrientes naturales.
Pongamos por caso que alguien se come una zanahoria, al digerirla, una parte se convierte en esa energía vital que da forma al pensamiento, a la inquietud, a la alegría o tristeza propias del individuo. O si queremos simplificar; forma eso que denominamos alma y que, en definitiva, impulsa las acciones del cuerpo.
Todos conocemos a personas extraordinariamente vitales; siempre activas, dispuestas a todo, entusiastas, emprendedoras y que brillan con luz propia. Suelen ser triunfadores, seductores, líderes… estos sujetos tienen la facultad de transformar con eficacia los nutrientes en energía vital positiva. Y su personalidad se refuerza con ello.
También tratamos con casos contrarios; gente apocada, torpe, sin gracia… son especímenes privados de ese ímpetu trascendental tan necesario para subsistir. En realidad los frecuentamos poco, porque a nadie le gustan ese tipo de personajes fracasados que nada aportan a una relación ni a una amistad ni a una empresa. De forma inconsciente, o no, la sociedad arrincona e ignora a estas personas anodinas.
Supongo que ya veis por donde voy. Los vampiros somos miembros de ese último grupo. Seres poco atractivos socialmente. No tenemos la capacidad de crear por nosotros mismos esa codiciada energía. Cosa que se podría considerar una grave deficiencia, casi una enfermedad, pero, en contrapartida, Dios nos ha obsequiado con la facultad de poder robarla (y lo de Dios lo digo en sentido figurado, pues no tengo mayores conocimientos divinos que cualquier otro profano).
El proceso exacto lo desconozco, igual que ignoro muchos otros mecanismos biológicos. De hecho, no fui consciente de mi condición vampiril hasta muy avanzada edad. No estoy seguro de las causas que convierten a una persona en vampiro; quizás nazcamos así, o adquirimos la habilidad en algún momento de nuestra vida, debido a una situación traumática, la entrada en la pubertad o la primera menstruación… (cosa que no sería mi caso, pues soy varón).
Yo presumo, después de reflexionar intensamente sobre el asunto, que en mi caso particular llegué a este mundo siendo un vampiro. Durante la lactancia mi madre quedó extenuada «este crio me agota» fue la frase más utiliza por ella según me explicaron después, además, sufrió una depresión post parto de caballo, creo que le duró varios años.
Fui un niño llorón, feo, debilucho, desmañado, con tan poca imaginación que no sabía ni jugar. Mi padre pensó durante mucho tiempo que su vástago era un poco retrasado (en aquella época se hablaba así). En el colegio los otros alumnos me ignoraban en el mejor de los casos, y más habitualmente, se metían conmigo practicando lo que ahora llaman bullying.
Hasta que descubrí la forma de librarme de los escarnios: dirigir el fuego enemigo hacia otros objetivos. Me convertí en un experto maquinador, en un servil vasallo del matón escolar de turno. Mediante adulaciones me ganaba su favor, y después orientaba sutilmente toda la animadversión del balandrón, y su grupo de compinches, hacia alguna triste y desvalida víctima elegida por mí.
Aunque al principio no fui consciente de ello, con el tiempo, descubrí que mientras los ataques del matón amilanaban al desgraciado mártir, mi energía vital aumentaba. No sabía que la absorbía del infeliz niño atormentado, pensaba que mi ego la creaba. Me convencí de que sufría una extraña e insana satisfacción por la desdicha ajena. Eso no amedrantó mi ánimo, al contrario, me alegré al advertir que mi notoriedad en la escuela se acrecentaba. Así que continué incitando el acoso y abuso de los débiles. De esta forma crecí y aprendí a desenvolverme en la vida.
Estudiaba en la facultad cuando empecé a sospechar la verdad: yo no era un depravado que se regocijada con el sufrimiento de los demás. La prueba estaba en que no aumentaba ni un ápice mi energía cuando observaba las desgracias a distancia, en la televisión o a través de internet. En cambio, podía absorber la fuerza vital de cualquier persona que tuviese cerca, y también constaté que mi sola presencia causaba malestar.
Como ejemplo os expondré una ocasión en la que asistí a una sesión cinematográfica yo solo —como era habitual—, y me senté detrás de una pareja. Ellos ni siquiera se percataron de mi presencia, aunque estaba muy cerca, a escasos centímetros. Flotaba entre ambos enamorados cierta aura sexual, y noté como ese mismo vigor, entre dulzón y picante, entraba dentro de mí. Me sentí pletórico y excitado. Abandonado a esa placentera sensación, sustraje tanta energía como me fue posible. Pronto la pareja se comenzó a sentir incómoda, cambiando de posición en sus asientos, rascándose de forma convulsiva. Hasta que al final la chica abofeteó al chico y abandonó el establecimiento con premura. Él se quedó estupefacto, y yo decepcionado. Pero en mi mente se hizo la luz; yo había provocado aquello. Había extraído la fuerza de su amor o lujuria de forma instintiva, oculta, desequilibrando sus auras.
Poco a poco llegué a ser consciente de mi excepcional condición. De mi verdadera esencia. Aunque en realidad tampoco era tan extraña ni anormal; hay muchos como yo. 
Durante años, fui dejando tras de mí un reguero de depresiones, enfermedades, rupturas, suicidios… pero nunca permití que eso me influyera. Cuando te comes un filete no piensas en el sufrimiento de la ternera. Soy un parásito, sí, ¿y no lo son todos lo animales con respecto a las plantas? Cuando algo está en tu naturaleza no hay lugar para el remordimiento.
Los vampiros no aportamos nada a la sociedad, solo nos aprovechamos de ella. No tenemos la capacidad de crear riqueza en ningún ámbito; ni en el artístico ni en el científico, ni con nuestro trabajo físico ni con el intelectual. Sin embargo, progresamos en la vida, y somos muchos más de los que puedes llegar a imaginar.
Precisamente, fue al encontrarme con otro vampiro iluminado —o sea, conocedor de su condición— cuando averigüé que existían muchos como yo. Que éramos legión.
Entre los vampiros nos ayudamos, no por altruismo congénito, sino porque al no podernos robar energía entre nosotros, nos es más provechosa la cooperación. Mi mentor fue un hombre al que llamaré señor V, y me encontré con él por casualidad.
Debía rondar los treinta años cuando me afilié a un partido político, los vampiros tenemos debilidad por la carrera política, de forma que es fácil encontrarnos en ese ámbito social. Entonces el señor V era el tesorero del partido, un personaje que desde las sombras movía los hilos de la entidad. Era el auténtico dirigente, manejaba a los cargos electos como marionetas; sus carreras políticas dependían de la aprobación del señor V y del sometimiento a sus designios.
Él me abrió los ojos, me explicó quiénes éramos y lo que hacíamos. Me ayudó a visualizar la tenue aura vital que rodea a todos los seres y la técnica correcta para alimentarme de ella. Mi vida dio un giro total, aprendí a sustraer energía casi sin interactuar con mi víctima, y a extraer hasta la última gota en pocas horas.
—Esa práctica debe evitarse —me explicó él con paciencia—, en nada nos beneficia agotar así a los sujetos pasivos. Provocar un estado catatónico, o incluso la muerte, significa perder la fuente. Es mejor absorber pequeñas cantidades de muchos sujetos, así ellos recuperan la fuerza con prontitud y vuelven a ser productivos.
El señor V era un sabio, un hombre prudente y poderoso, aparentaba unos cincuenta aunque creo que en  aquella época ya había cumplido los ochenta. No somos inmortales, ya lo he explicado antes, no solo nos puede matar una estaca, sino también un accidente de tráfico, de avión, una enfermedad, cualquier arma… pero no es menos cierto que cuando aprendemos a dominar la técnica y conseguimos mantener una vida equilibrada, podemos alargar nuestra existencia muchos años. La energía vital, entre otras cosas, provoca la regeneración celular y combate las enfermedades. Y nosotros disponemos de cantidades ilimitadas de ella, mientras vosotros nos la prestéis.
Por desgracia, no todos los vampiros son como el señor V. De todo hay en la viña del señor. Algunos de mis congéneres se dedican a consumir cantidades ingentes de energía vital. Se convierten en personajes famosos y afamados. Consiguen que inmensas masas humanas los sigan y adoren, de forma que siempre tienen energía de sobra para reinvertir en su propio ego y aumentar, cada vez más, su popularidad. Creedme, si un vampiro se lo propone puede llegar a ser el mayor líder de la historia. De hecho, ya ha sucedido en el pasado con nefastas consecuencias. Y está sucediendo en el presente. Debo reconocer que mi estirpe está proliferando y evolucionando de forma peligrosa.
 De todos es sabido que una situación traumática produce un pico de energía vital, y que en el momento de la muerte se desprende del individuo todo su potencial de golpe. Por esa causa, en los hospitales o cerca de escenarios de guerra se pueden encontrar muchos chupadores de energía. El problema aparece cuando vampiros adictos, y socialmente poderosos, se dedican a crear situaciones bélicas para su propio provecho.
Los viejos y juiciosos vampiros saben que, después de una contienda armada, los pueblos caen en una profunda pobreza material y anímica, que se traduce en bajísimos niveles de energía. Queda tan poca disponible que los vampiros apenas pueden subsistir con ella. Durante años, nuestros ancianos han conducido, secretamente, a los gobiernos del planeta por una compleja senda en la frontera entre la prosperidad y la fatalidad. Con ello, han conseguido que nuestra estirpe se expanda como nunca; ahora mismo somos muchísimos, proporcionalmente hemos llegado al límite de individuos parásitos que una sociedad sana puede albergar en su seno. Y justo en este momento, cuando el equilibrio es más frágil, surge la desgracia. Los vampiros díscolos están tomando el control. Son jóvenes, adictos al poder, no atienden a razones y van a provocar un gran conflicto mundial.
He realizado mis cálculos: la contienda armada, que inconscientemente están fomentando, provocará una hecatombe; las muertes masivas evaporarán la energía vital sin que los vampiros podamos aprovecharla. Después, los humanos supervivientes serán tan escasos, y estarán tan debilitados, que los de nuestro linaje acabarán con ellos sin remedio. La raza humana no podrá reponerse del golpe, y cuando solo quedemos vampiros sobre la faz de la Tierra, seres inútiles e incapaces de crear absolutamente nada, nos extinguiremos.
Sí, somos unos parásitos tan tontos que vamos a matar a nuestro huésped sin tener a otro preparado. Nuestros ancianos están desesperados, no saben cómo actuar, y por eso yo hago este llamamiento público.
Ya he explicado que no poseemos talento artístico, y es imposible que este pobre e insulso relato gane algún premio o mención literaria. Tampoco es ese mi propósito, ni siquiera lo firmaré con mi nombre ya que debo permanecer en el anonimato. Ofreceré el relato a algún escritor presuntuoso, conozco a varios, para que asuma la autoría y lo presente como propio.
No, lo único que espero es que atendáis mi denuncia: si por ventura lees este escrito, tómatelo muy en serio. Los vampiros existimos, estamos a tu alrededor. Cada vez que te encuentras con alguien que agota tus energías, que te pone de mal humor con su simple presencia, que te saca de quicio o que te aburre mortalmente, estás interactuando con uno de nosotros; un vampiro de bajo nivel, quizás ni él mismo sabe que lo es. Estos son inofensivos, solo debes alejarte de ellos para recuperar tu ánimo.
Pero también te encontrarás con seres poderosos, ricos, prestigiosos, respetados, con personalidad muy atractiva, de desbordante energía; cuidado con ellos, son vampiros peligrosos. Huye de sus influjos, no te dejes llevar por la ola de sus malignas doctrinas, adornadas con el sello de la falsa verdad.
Estáis avisados, el mundo corre peligro, en vuestra mano está la última esperanza de salvación. Buscad a los vampiros y acabad con ellos. Somos multitud, no os pido que hagáis una matanza, ¡no soy un suicida! Solo os propongo que no nos prestéis gratuitamente vuestra energía. ¿Cómo hacerlo? Creo que no es difícil; utilizad vuestra inteligencia, dudad de las promesas vacuas, no sigáis a líderes carismáticos, de hecho, no sigáis a nadie más que a vosotros mismos, usad la razón y el sentido común, tened criterio propio. No actuéis como una masa, hacedlo como individuos que meditan sus acciones.
Algunos de mis congéneres me tachan de traidor, pero no lo soy, no lo hago por vosotros, mortales, sino por nuestra raza, por nuestra supervivencia.
Otros colegas, que comprenden la situación, dicen que mi llamamiento es inútil, que sois demasiado dóciles para revelaros, que tras miles de años de sometimiento os habéis convertido en seres sumisos, un rebaño de ovejas que anda perdido sin su pastor. Sois incapaces de vivir fuera del yugo de la esclavitud. Os mataréis entre vosotros  siguiendo nuestras órdenes, pero nunca cuestionaréis al tirano que os lidera.
Sin embargo, yo todavía confío en vosotros, tengo fe en la raza humana. Quizás porque la esperanza es lo último que se pierde.


FIN

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